¡Chu-Chuuuu! chucuchucuchuchuchucuchucu ¡Chu-Chuuuu!
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Me despido de ti
pero no me voy
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La vieja maleta, de piel rota y desgastada, sigue fiel junto a su dueño; un hombre alto y fornido, de barba negra y algunas canas, que se protegía de la lluvia con un abrigo oscuro y un sombrero. Tenía en la cara una fina sonrisa, de esas que intrigan al mirarlas.
La chica delgaducha de ojos grises, sentada en el suelo, dejó de escribir y guardó la libreta en su bolsillo. Tarareando una canción, se alejó del andén en dirección a la puerta de aquella vieja estación.
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Los ojos grises.
Amanecer de fuego y rocío para los ojos grises de un anciano que apenas duerme. El primero de los muchos trenes cuyo paso sentirá en sus frágiles rodillas se detiene en la estación.
Una chiquilla de cabellos dorados pretende asustar al sol reflejando la luz de la mañana. Su madre recoge la muñeca que ha dejado caer, sin querer.
Dos amantes pretenden decirse todo aquello que no se han dicho en ese último momento antes de que uno deba partir hacia, tal vez, un familiar enfermo, una catedral gótica por restaurar, un nuevo trabajo al sur de París,... Él la toma del cuello, susurrándole en silencio quién sabe qué. Coge su mentón y la besa con suavidad. Ella se separa llorando, arrastra su maleta con brusquedad y corre hacia el tren.
Los ojos grises buscan ilusionados, aunque con cansancio, entre el vacío de las primeras horas. Sus enjutas manos agarran con fuerza un ramo de tres lirios azules. Camina en silencio y aguarda sentado tras quitarse el sombrero, raído.
La máquina comienza a moverse. Tal vez sea el siguiente, después de tantos años esperando cada martes a que el tren de las seis y cuarto sea el que la traiga de nuevo...
Los lirios descansan en el banco mientras el anciano saca una carta de su mejor traje. Quizá veinte años antes hubiese sido la tela más cara de la tienda de la esquina.
Se seca una lágrima con el dedo mientras relee el consabido monólogo en el que sólo tres palabras dan esperanza a su hastío: “volveré un martes.”
Treinta y siete años esperándola cada martes en el mismo banco, de la misma estación, en la misma ciudad, y jamás aparecía.
Las horas transcurren lentas, a través de la gente, presurosa de volver a la tierra natal. Aquejados padres, valientes emprendedores, inconscientes que van y vienen. Todas las caras parecen iguales ante quien no se detiene a ver cuán veloz es una vida que carece de tiempo para descansar y tomar una manzana mientras observa el ir y venir de recuerdos y devenires.
Cada persona que bajaba del tren se inmiscuía sin ser consciente en otra vida, aunque no fuese recordado. Tal vez desde hace años se conocieran aquellos dos que por diferente puerta suben a un destino distinto.
Los ojos grises cierran sus párpados cuando el motor acelera, sin importarles ninguno de los pasados de quienes se sientan a su lado.
Los lirios van muriendo, el porche los resguarda de la lluvia.
Las tres menos veinticinco. Y ella aún no regresa.
Una guitarra da tranquilidad a la soledad de las ocho y media.
Un extraño pregunta por la hora.
El último tren de Roma para.
El anciano, húmedas sus pestañas, toma los lirios sin mirar las puertas y se levanta despacio. Los mira confuso, desalentado. Guarda su viaja carta y, como todos los martes, jura por enésima vez no volver.
Alza la mirada hacia la puerta.
Una anciana de cabellos grisáceos, mas que aún reflejan el negro de antaño, deja caer una maleta. Los ojos grises miran un vestir que recuerda a los años cincuenta, aquella época de sensuales curvas. Una sonrisa olvidada surca su rostro a través de las arrugas. La anciana devuelve el gesto embriagada por una dicha que ni el sol, narcisista, al ver su reflejo en los cabellos de la niña hubiese alcanzado imaginar.
El camino del uno hacia el otro es lento, pesado, pero el abrazo que para el mundo no puede ser más que el final de una espera que, ahora, los ojos grises olvidaban para dejar paso a los recuerdos que la familiaridad de un suave beso en los labios.
La anciana sacude un pañuelo rosa y seca las lágrimas de los ojos grises. Él acaricia el pómulo, no tan terso, de sus recuerdos.
La estación se vacía por completo mientras, a la una menos cinco de la mañana, aún siguen dos siluetas fundidas en un abrazo.
-Vaitiare-
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Mirar atrás en una estación implica una promesa que queda sin cumplir...