Icra miraba
a su medallón más que al camino. Y es que no se atrevía a levantar la vista.
Más
allá del cielo azul oscuro y el suelo blanco… los años y la distancia habían
convertido sus recuerdos de la ciudad en fotografías en blanco y negro. Recordaba el frío. Los porches. Los
vendedores de florverde, húmeda y caliente. Las farolas de gas. Las calles
altas y estrechas, apuntaladas con vigas,
en un intento de detener el imparable avance hasta asfixiar a sus escasos
transeúntes. Los tejados desgastados, con musgo y barro.
No
sabía qué habría sido de todas aquellas estampas, solo esperaba que aquella
maquinización no hubiera acabado con todo, no hubiera puesto de manifiesto que
la realidad es tan frágil como el papel. Odiaba recordar que la esperanza de
hacer de esa realidad un mundo incorruptible era de las más venenosas utopías.
Y así, metido en el abrigo y contemplando aquel medallón, se quedó parado. Pero
seguía avanzando. La nieve estaba en suspensión, oía el crujir de sus pisadas, se
encontraba tan cómodo y sentía el exterior tan hostil que no se atrevía a
moverse. Ahora era la ciudad la que se acercaba a él irremediablemente. Comenzó
a distinguir una sombra enorme, sobre la que se cernía él, o al revés. Comenzó
a oír su propia respiración, como la de tres hombres en uno, luchando por avanzar,
por detenerse, o por huir. Sus seis brazos abrazaban con fuerza el medallón y
lo protegían de la nieve, y al fin levantó la mirada, oculta entre el cuello
del abrigo, el vaho, la capucha, su nariz picuda, sus cejas poderosas y su
flequillo.
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