El cielo

Los rincones secretos se desvelan, te desvelan. Ciudad, que renace gris desde el asfalto, ciudad que se desvanece teñida de negro, azul y gris...

domingo, 4 de marzo de 2012

Llegada a la ciudad.


Icra miraba a su medallón más que al camino. Y es que no se atrevía a levantar la vista.
Más allá del cielo azul oscuro y el suelo blanco… los años y la distancia habían convertido sus  recuerdos de la ciudad  en fotografías en blanco  y negro. Recordaba el frío. Los porches. Los vendedores de florverde, húmeda y caliente. Las farolas de gas. Las calles altas y estrechas,  apuntaladas con vigas, en un intento de detener el imparable avance hasta asfixiar a sus escasos transeúntes. Los tejados desgastados, con musgo y barro.

No sabía qué habría sido de todas aquellas estampas, solo esperaba que aquella maquinización no hubiera acabado con todo, no hubiera puesto de manifiesto que la realidad es tan frágil como el papel. Odiaba recordar que la esperanza de hacer de esa realidad un mundo incorruptible era de las más venenosas utopías. 

Y así, metido en el abrigo y contemplando aquel medallón, se quedó parado. Pero seguía avanzando. La nieve estaba en suspensión, oía el crujir de sus pisadas, se encontraba tan cómodo y sentía el exterior tan hostil que no se atrevía a moverse. Ahora era la ciudad la que se acercaba a él irremediablemente. Comenzó a distinguir una sombra enorme, sobre la que se cernía él, o al revés. Comenzó a oír su propia respiración, como la de tres hombres en uno, luchando por avanzar, por detenerse, o por huir. Sus seis brazos abrazaban con fuerza el medallón y lo protegían de la nieve, y al fin levantó la mirada, oculta entre el cuello del abrigo, el vaho, la capucha, su nariz picuda, sus cejas poderosas y su flequillo.


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