No fuma, pero enciende el cigarro con la elegancia de una rebeldía a duras penas controlada.
No bebe, pero una botella de vodka pende de su mano, medio vacía.
No ama, pero ansía el olvido mientras recuerda.
Si arrancar la moto no fuese una buena idea, el dios en el que no creía lo hubiese detenido. Pero, ¿acaso se puede retener a quien no obedece, siquiera escucha, a nadie más que a sí?
No llovía, tampoco el viento recorría las calles. Almas sin sueño eran única compañía de quien en soledad se hallaba capaz de tomar una decisión objetiva en un lugar donde los recuerdos creen en mentiras, solo porque es necesario para sobrevivir.
La ciudad no solo es el dulzor del posarse en otoño una hoja caída en la hierba, tampoco es el solitario caminar de la brisa, ni la espesura de los rizos de las niñas mientras saltan a la comba. La ciudad jamás fue solo belleza. Y él estaba allí, como mal creyente de risas, viendo también la maldad y el sufrimiento de aquel pobre anciano sin hogar del callejón, el látigo de un insulto que al niño albino hará desear escapar a otro lugar, otra ciudad con distinta historia. Podía verlo todo, incluso exagerarlo.
¿Debiera girar las llaves del contacto de la moto? No. Sin embargo, ¿quién iba a impedirlo? En las ciudades, escrito o sabido e ignorado, nadie se preocupa por nadie una vez uno se refugia en su hogar. Y lo que pase en la carretera, quién se deje la piel en el asfalto, o cuántas veces pienses el partir sin decir una palabra, no importa hasta que se vuelve a las calles. Y, con el tiempo, ni las aceras saben quién las ha pisado y el pasado se distorsiona entre "me dijeron" y "¿recuerdas?".
Cuando los recuerdos creen en mentiras, se tornan peligro para todo aquel que los guarda. Y él estaba hecho de peligro.
Arrancó.
-Vaitiare-
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