El tiempo es testigo de tantos cambios que nadie le creería si hablase.
Para hablar en su nombre, tiene a los artistas.
Y a los árboles.
Después de todo, casi podría decirse que esos seres inmutables, inamovibles, bellos, fuertes o delgados, verdes o desnudos, tatuados con amores ajenos (tal vez rotos, tal vez eternos...) son artistas.
Artistas del complejo paso del tiempo, convertido en células, células y células ansiosas de crecer, con un deseo imparable de vivir; como aquella catedral gótica que hay en la plaza, con un misterioso empuje hacia el cielo.
Tal vez busquen lo mismo que nosotros.
Aprendamos de los árboles, artistas; saben mucho más que cualquier ser humano.
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